Francisca llevaba la delantera; tenía mucha curiosidad por conocer aquella casa muy extraña y también el lugar, sus habitantes y costumbres después de pasar la noche. Invadidos de sentimientos totalmente contrarios, Sebastián y Sofía se acercaban a la puerta con pasos temerosos.
Una vez dentro, observaron lentamente cada detalle. La decoración parecía un poco descuidada y la capa de polvo que envolvía todo a su alrededor y el olor seco daba señales confusas; a encierro y desolación. Mientras los jóvenes seguían observando, escucharon una voz que les causó escalofríos invitándolos a tomar asiento, era el anciano; se habían olvidado de él por un momento. Caminaron por la habitación y se sentaron los tres en un gran sillón, el cual crujió ante el peso, no había sido utilizado en mucho tiempo y los jóvenes lo habían notado. El hombre se acercó a los amigos con tres vasos sobre una bandeja de plata polvorienta y mientras les ofrecía las bebidas se escucharon ruidos en el segundo piso, como si alguien estuviera moviendo los muebles y haciendo aseo. El anciano al ver las expresiones de Sebastián y Sofía, quienes parecían aterrados, les sonrió y les dijo -los estábamos esperando, están arreglando sus habitaciones-. Para Francisca ese fue tan solo un gesto de amabilidad, pero para los otros dos jóvenes algo extraño estaba pasando.
Luego de un momento subieron a lo que sería la alcoba donde dormirían. Las escaleras rechinaban y el polvo se esparcía por el aire a cada paso que daban. Al entrar a la habitación se sorprendieron al ver que estaba impecable. -Realmente estaban haciendo aseo- dice Francisca a sus amigos, corroborando lo dicho por el anciano. Pero lo que preocupaba a los demás y ahora también un poco a Francisca, era quién lo había hecho.
Los viajeros se quedaron a solar en la habitación, dejaron sus cosas sobre la cama y comenzaron a acomodarse, excepto Sofía, quien se encontraba mirando una de las paredes de la pieza. Ella estaba viendo las nueve fotografías que se encontraban colgadas en aquel lugar. En cada una de ellas había una persona distinta y todas aparecían con los ojos cerrados y muy serios. Sofía, aterrada les pidió a sus dos amigos que se acercaran, luego de unos minutos, el terror los había invadido.
Tomaron sus cosas para largarse de ahí, bajaron las escaleras rápidamente, pero procurando hacer el mínimo ruido para que el anciano no se percatara de su ausencia. Sebastián tomo la manilla de la puerta y antes de poder girarla escucharon desde lejos - ¿Se van tan pronto? - y un escalofriante viento frío recorrió la habitación y subió por sus espaldas. – Los esperaba para comer, no pueden dejar a un anciano como yo cenando solo.- Los viajeros observaron el comedor por primera vez, una mesa con 13 puestos se encontraba servida. Ninguno se atrevió a decir ni una palabra y bajo la invitación del anciano, dejaron sus cosas a un lado de la puerta y se sentaron a la mesa. Nadie acerco ni un bocado a su boca, excepto el viejo que parecía no haber comido en días. Los tres jóvenes sabían que estaban pensando lo mismo, para quién eran los demás puestos, pero ninguno se atrevió a preguntar. Francisca rompió el silencio pidiendo permiso para ir en busca de un vaso de agua, el anciano la miró con ojos penetrantes y con su voz gastada le respondió – yo iré por el, quédense aquí-. Esa actitud, llamo la atención de Sofía haciéndola pensar qué habría en la cocina que no podían ver.
Los amigos, alentados por el anciano, deciden ir a la habitación a dormir después de cenar, pero el silencio era perturbador y ninguno podía conseguir el sueño. De repente, Sofía se levanta de la cama e invita a sus compañeros a investigar y tratar de escapar. Ellos la siguen…
1. …Al bajar las escaleras son descubiertos por el anciano. Él trae consigo un manojo de llaves y los obliga nuevamente a subir a la habitación, esta vez amenazándolos con encerrarlos en la alcoba…
2. …Los viajeros llegan a la cocina y se percatan de una puerta que rompe con el estilo arquitectónico de la casa, esta cerrada con un gran candado…
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